Septiembre llegó. El verano languidece lentamente después de unos meses en los que muchos piensan que son los mejores del año. Y todo vuelve a empezar, la rutina, el trabajo, la vuelta al cole.
Sin poder evitarlo, se tiene la sensación que todo se repite de forma cíclica, donde uno no es mas que un sujeto pasivo de la cadena que no puede hacer nada para salir de ella.
O sí. De hecho, considero que septiembre es el mes de las oportunidades. Para muchos de nosotros funciona como una especie de final de año donde te planteas mil y un propósitos para llevar a cabo. Te propones empezar nuevos retos personales y/o profesionales, piensas en cerrar etapas y empezar otras, buscas nuevas metas que te llenen.
Tú segunda oportunidad. El momento de remendar errores y replantearte las cosas. Quizás depositamos demasiado énfasis en redimirnos y reorientarnos en un camino, que a estas alturas del año, se nos antoja excesivamente difuso, demasiado diferente a lo que esperábamos cuando nos hicimos los propósitos, allá para un 31 de diciembre.
Y tienes miedo que sea como una especie de último tren, un ahora o nunca, donde obvias que cualquier momento es bueno para hacer un cambio o establecer nuevos hábitos en tu vida. No, no puedes.
Necesitas ser masa y esperar a fechas señaladas para emprender nuevos horizontes en tu predestinada vida.
Bienvenidos a septiembre, creador y asesino de proyectos, sueños frágiles que al acariciarlos sientes un leve corte en el dedo. Una gota de sangre.
Cruda realidad.
jueves 18 de septiembre de 2008
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